Tras el último incidente con él, todos éramos más o menos conscientes de que su final estaba cerca. Pero como se suele decir, no por esperado resultó ser menos doloroso. La cruel ITV y una estúpida zapata y un bombin (no el de Charlot, otro) me privaron de su disfrute un año más. Bueno, eso, y las juntas, los guardapolvos, el radiador y algún otro desperfectillo sin importancia que hacen que el arreglo conjunto superasen con creces el precio que podía asumir para su reparación.
En el camino y en mi memoria, deja aquel mítico viaje al Parque de Gredos para ver a Sting en concierto con Nacho (vernos presidiendo la comitiva de ascenso al puerto era un espectáculo), el incidente del mecherazo yendo al tanatorio y posterior granizada, el día que le dió por celebrar la Eurocopa dejándonos tirados a escasos 20 metros de nuestra casa (hasta para estropearse era bueno), el impagable mes de Agosto y Septiembre que me permitieron sobrevivir (de nuevo) a la guadaña de la sexta convocatoria, las noches de transporte de Cris, esa ventanilla que no se abría en días de indecente calor, ese inenarrable cambio de batería (gracias Javi) para el que echamos toda una tarde ...
En fin, uno y mil recuerdos a bordo de este prototipo automático del año 84 que era, por qué no decirlo, la delicia de las nenas cuando me veían atravesar a toda velocidad las calles del barrio: "Allá va el Horizon", se decían con emoción contenida.
Nada de esto volverá a repetirse, me temo. Dudo que me vuelva a identificar tanto con un coche. Era divertido ver la cara de la gente cuando te preguntaban por la marca o el modelo, esperando una respuesta del tipo Ibiza, Golf, Fiesta o similares. No faltaba el que dudaba que fuese automático "Pero ... ¿entonces no tiene embrague?", decían. Ya se sabe que la vida es cruel, y no todos le profesaban cariño: troncomóvil, tartana, trasto y otros tristes apodos ha recibido a lo largo de estos cuatro años. Ha tenido que soportar estoicamente bromas y rechiflas varias, sonrojantes comparaciones con brillantes coches, y, sobretodo, la desconfianza de la mayoría cuando se subía a bordo e intentaba acomodarse en esos castigados asientos.
Pero nunca me falló. El Rojito, como le llamaba mi abuelo, estuvo al pie del cañón hasta el último de sus días, tanto que incluso fue mediante su propio motor hacia su particular Caronte. 95.000 kilómetros (un motor joven de no ser por sus 25 años) reposan en el desguace. Y yo, a seguir mi camino. Un camino sin Horizonte.

Pero nunca me falló. El Rojito, como le llamaba mi abuelo, estuvo al pie del cañón hasta el último de sus días, tanto que incluso fue mediante su propio motor hacia su particular Caronte. 95.000 kilómetros (un motor joven de no ser por sus 25 años) reposan en el desguace. Y yo, a seguir mi camino. Un camino sin Horizonte.
Fotos y dirección artística por Juan Héctor. Gracias ;)